Cronofobia

Su parabrisas, alunado,

destierra la constelación

de lunas, salpicadas,

en la luna de su coche.

Un horizonte ígneo

abrasa sus pupilas

y sus papilas abrazan

un incendio entre sus labios.

A su izquierda

por un tamiz de vidrio

el paisaje se escurre

como una instantánea eterna.

Y en la cuneta,

consecuencia de la aceleración,

una procesión de árboles

brota como uno solo.

Sus ojos,

empapados de crepúsculo,

recuerdan el ocaso de Ícaro

y temen fundirse en el horizonte.

Frena.

El cielo teñido de sangre,

y sin querer verle morir,

le daba la espalda;

como los girasoles

al atardecer.

La couleur du son (homenage au film ‘Dancer in the dark’)

Elle est endormie,

Mais elle ne peut rêver.

La prison c’est son cauchemar,

Le silence sa prison.

Elle me contemple,

Mais elle ne peut me voir.

Elle est aveugle,

Et moi un évanoui espoir.

Je  m’élève,

Eclipsé par le blanc silence.

Tu te lèves, Lune noire,

Cernée par les étoiles du bois.

Isolée,

Comme une île de lumière au milieu de l’incertitude,

Tu me demandes la couleur du son,

 Je te donne le sens du silence: c’est le silence.

Comme une brise bleue,

Qui se balance,

Elle brise le silence,

Avec le pinceau de ses lèvres.

Parmi ses sanglots sanglés,

Le sang du son sort.

Mon sang, sans couleur,

Tout autour du couloir.

Elle est endormie,

Elle ne peut que rêver,

Le silence est son cauchemar,

La prison est son silence.

Metamorfosis de cristal

Entonces, bajo la cara rubia y redonda de la Luna, la estrechó en sus brazos. Tiró firme pero delicadamente de su pelo, consciente de su fragilidad; rizándolo en bucles de triples rizos. En una caricia dibujó un círculo infinito sobre sus labios. La inclinó hacia sí mismo para besarla, tiñéndose de tinta cárdena. Al colocarla de espaldas a la Luna pudo adivinar el contorno de un eclipse diáfano, y su interior encarnado, y su cuerpo convertido en cristal.

In vino veritas

El viento, recién venido de los viñedos, vertía en aquel vaso de vidrio un brebaje que pudo haber sido blanco, broncíneo… Acaso bermellón.

Dicho veneno, virtuoso o vil, albergaba la habilidad de desvirtuar el vacío vodevil que supone esta vida; volatilizando nuestra banalidad, dejándome vano de vanidad.

Una vez el vapor del pavor, antes en la copa, se evaporó hasta esta ropa; vi beodo cómo se desvanecía débil sobre mis labios, mi boca, mis blanduras, mi vigor, mi virtud.

Elegía por un cigarro

Dime ¿Por qué sudas niebla?

Gotera de humo, papiro incendiado.

Calada por calada, callada,

Aspiro a colmarme de tus caracoles canos.

Calada por calada, callada,

Suspiro la lluvia de tus tirabuzones de triples rizos.

¿Son tus pétalos marchitos los que caen en ese ataúd?

Bosque caducifolio, fosa común de mis pensamientos.

Dame la vida con tu muerte,

y yo te daré muerte con mi vida.

Versión musical, junto y gracias al músico brasileño Gustavo Nabuco: 

La piel de su sombra

Rodeado,

De estrellas de madera,

De lunas de cristal,

De voltios volátiles,

Aislado.

Apaga la luz,

Pues un sujeto ajeno,

Sujeto al cuerpo propio,

Toca sus manos.

Tentado por el pánico,

Tentando el vacío;

Busca con palmas impalpables,

Sus manos; extraviadas en la negrura.

Hombre sombrío,

Ebrio de oscuridad,

Ignorando el rumbo de su azar,

Escapa de su ambigüedad.

Mientras, su epidermis de luto,

Escondida en la ceguera,

Siendo arrastrada hasta las escaleras,

Implora una salvación.

Huyendo de una sombra,

cayó por los peldaños,

y la sombra calló tras él.

 

 

Caminante blanco y negro

Blanco y negro y una acera y un niño que me mira silbar chupando un trozo de hielo de limón blanco y negro. Las calles no merman, crece la gente y cada día piensa que la ciudad le queda más pequeña, más pequeña y más blanca, como el cielo en invierno.

Un invierno que en realidad es otoño, pero en Madrid todos sabemos que sólo hay una estación, como las de tren, que no se mueven. Como el invierno que no se va de Madrid ni en verano. Y si sales de la estación sales a la calle, a otra estación que se llama otoño, o invierno, o verano, y en la calle comienzas a andar, mientras yo me pregunto por qué están aparcados los coches de mensajería urgente, como si ya no hubiera nada urgente o como si la urgencia tuviera un horario de visitas.

Caminas, y en este preciso instante cuentas las baldosas que pasan por debajo de tu pie, y viendo que no llegas a ninguna parte te preguntas si sigues montado en la cinta de correr de los miércoles o si han fotocopiado las calles.

Mientras te vas topando con un árbol, otro, y otro, y otro más, y otro, te vas cruzando con calles que entorpecen tu camino, y andas, y un árbol, y otro, otro, y una calle, y te paras, miras, y caminas, y otro y otro y te preguntas por qué tuviste que salir ese día y por qué tuviste que volver a esa hora y por qué hace tanto frío y por qué no hay nadie que escuche lo que te estás preguntando.

Cruzas un paso de cebra de blanco en blanco y sabes que está del revés, porque las cebras no son negras y blancas sino blancas y negras. Te das cuenta de que todo está mal desde el principio, de que las carreteras son negras en vez de blancas y las ovejas son blancas en vez de negras y que las cebras son blancas y negras. Blanco y negro, como el ajedrez y las damas. Como la vida y todos los juegos en los que tienes que comerte las fichas de los demás y tienes que comértelo todo y a todos. Como todos los juegos, en los que tienes que meterte caballo, sacrificar peones y salvar al rey.

Miras el reloj y cuentas los minutos que llevas andando. Comienzas a latir horas y a desear una embolia temporal, pero sabes que eso no entra dentro de tus posibilidades. Todo lo que puedes hacer es andar. Nunca estar.

Abres los ojos y sientes el líquido del numen penetrando en tus venas. Miras a tu alrededor; una estación de metro, un hormiguero, no, lo contrario de un hormiguero. Te paras un instante a observar el reguero de hormigas saliendo del metro con cara de prisa o deprisa. Siempre yendo, nunca estando. De hecho, tú tampoco estás porque estás yendo, y así todo igual y nunca lo mismo prosigues tu camino, y te metes las manos en los bolsillos y sacas un tenedor, tabaco y un reloj, y te fumas el tiempo mientras cuentas las caladas que te quedan para comerte el mundo antes de que el mundo te coma a ti.

Ya estás en tu calle y aceleras el paso. Sabes que cuando tienes la meta delante es más fácil correr, y mientras corres te apresuras por buscar las llaves porque no quieres situaciones incómodas entre la puerta y tú.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho escalones, nueve, empiezas a saltarlos de dos en dos pero dejas de contarlos porque las progresiones geométricas nunca se te dieron bien y de repente te paras en seco, mojado.

Te has cansado de saltarlos y en el fondo sabes que no era una buena idea. Nunca es buena idea saltarse pasos para llegar antes a un fin. Al fin y al cabo ni el fin ni el cabo justifican los medios, solo los ciegan, y ciego te inclinas sobre la barandilla tratando de intuir cuánto has avanzado. Sabes que has subido dos pisos pero no sabes cuántos escalones son dos pisos y te balanceas sobre la barandilla tanteando qué pasaría si te tiraras, o peor aún, si te cayeras. Si te mataras, o peor aún, si no lo hicieras. Si llorarían y cuántos lo harían, si irían a tu entierro o si te incinerarían. Decides hacer un testamento como primera prueba de un pseudo Carpe Diem que te ayude a vivir tranquilo después de tu muerte. Tienes que estar seguro de cómo quieres vivir muerto; dentro de una urna, de un ataúd o diluido en el mar. Desde luego, sin saber eso no puedes tirarte así como así por el hueco de la escalera, así que decides dejarlo para otro día.

Notas la tensión en tu cuádriceps derecho y cómo esta se traslada al glúteo derecho a medida que haces fuerza con la pierna. Después ocurre lo mismo en tu pierna izquierda y otra vez en la derecha y empiezas a hacer fuerza intencionadamente porque esta semana no has ido al gimnasio y todas las revistas de belleza te recomiendan subir por escaleras para mantenerte en forma. No tienes muy clara cuál es la frontera entre mantenerse en forma y adelgazar, y crees que cada día se distorsiona más, pero lo haces por si acaso sirve para algo, como lo de chuparte la muñeca cuando se te duerme un brazo o tirarte de la lengua cuando tienes hipo o pegarte un tiro cuando quieres que todo termine.

Cuarto piso y un cuatro bien grande con un círculo bien pequeño al lado que se apoya sobre una línea horizontal que parece estar suspendida en lo que intuyes que será un cuarto piso. Ya está, todo ha terminado, y sientes como una marea de emoción sube de dos en dos las escaleras hasta tu pecho, que parece a punto de explotar de aire. De pronto asimilas que es verdad, que ya has llegado, y entonces la emoción se detiene y piensas que tal vez hubiera estado bien quedarte más tiempo allí, que las calles no eran tan iguales y las sillas no estaban tan frías y los pasos de cebra no son tan ilógicos y que no todo son números y que la puerta no era tan grande y qué harás mañana y qué ganas de salir de casa y ojalá que llegue mañana ya.

Died on a stretcher

scretcher

I died some hours ago. Still can feel the memory of my heat in this heart; without beats it’s not mine anymore, I’m a beast. Can’t you hear me?

I’m standing in front of myself; died on a stretcher white, like the void; red, as sorrow; grey, matching the indifference. I swear I’m right there; without breath he’s not me anymore, he’s a breeze. Can’t you see him?

I wake up, but I wasn’t sleeping, or maybe I’ve just fallen asleep, lying on this white, red and grey bed. I’m looking at myself, standing at me. Can’t you feel us?

Luna negra

Bajo un lienzo albino,

Desteñido,

Al que le han arrebatado todo color,

Te encuentras tú, epitelio nocturno,

Sentada en la tumba del horizonte.

Luna negra,

Eres la noche de la mañana gris,

Eclipse de un sol vergonzoso que no se atreve a salir.

Rodeada por el brazo suave de estrellas secas,

Estrechas pecas,

Yertas, viudas del viento;

Pecas.

Alzada, tras de ti

Un aspa es tu acaso,

Y es que, Luna negra,

También tú tendrás tu ocaso.

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Traducción al francés, por Inma Benedito

Sous un tissu albinos,

Déteint,

Auquel on a enlevé toute couleur,

Te voilà, épithélium de la nuit,

Assis sur la tombe de l’horizon.

Lune noire,

Tu es la nuit du matin gris,

L’éclipse d’un soleil embarrassé qui ne se risque pas à sortir.

Soignée par le doux bras des étoiles sèches,

Étroites tâches,

Rigides, veuves du vent ;

Tu pèches.

Elevée, au dessus de toi,

Une aile c’est ton destin,

C’est que, Lune noire, toi aussi tu auras ton déclin.