Metamorfosis de cristal

Entonces, bajo la cara rubia y redonda de la Luna, la estrechó en sus brazos. Tiró firme pero delicadamente de su pelo, consciente de su fragilidad; rizándolo en bucles de triples rizos. En una caricia dibujó un círculo infinito sobre sus labios. La inclinó hacia sí mismo para besarla, tiñéndose de tinta cárdena. Al colocarla de espaldas a la Luna pudo adivinar el contorno de un eclipse diáfano, y su interior encarnado, y su cuerpo convertido en cristal.

In vino veritas

El viento, recién venido de los viñedos, vertía en aquel vaso de vidrio un brebaje que pudo haber sido blanco, broncíneo… Acaso bermellón.

Dicho veneno, virtuoso o vil, albergaba la habilidad de desvirtuar el vacío vodevil que supone esta vida; volatilizando nuestra banalidad, dejándome vano de vanidad.

Una vez el vapor del pavor, antes en la copa, se evaporó hasta esta ropa; vi beodo cómo se desvanecía débil sobre mis labios, mi boca, mis blanduras, mi vigor, mi virtud.

Died on a stretcher

scretcher

I died some hours ago. Still can feel the memory of my heat in this heart; without beats it’s not mine anymore, I’m a beast. Can’t you hear me?

I’m standing in front of myself; died on a stretcher white, like the void; red, as sorrow; grey, matching the indifference. I swear I’m right there; without breath he’s not me anymore, he’s a breeze. Can’t you see him?

I wake up, but I wasn’t sleeping, or maybe I’ve just fallen asleep, lying on this white, red and grey bed. I’m looking at myself, standing at me. Can’t you feel us?

Efemérides de lo efímero (prosa)

Dije que nunca más diría nunca, y la palabra efervescente se sumergió en tu vaso de vino blanco, y vino verde de rabia; rojo de envidia, pero no vino blanco.

Mientras bebes la pseudo-temporalidad con la que pretendo estafarte, te vas dando cuenta de que el futuro es algo presente que deja de existir continuamente, y que cronos no es más que otro dios mundano con manecillas tan momentáneas como sus creadores y creyentes sincrónicos, crónicos y efímeros.

Y mientras bebías él vino.

Alienación del subconsciente

Llevo un mes aquí, un lugar tan interminable como el horizonte.

Es el hedor podredumbre: dulzona y cítrica. Es la pegajosa humedad derretida en sudor ardiente. El monzón convierte a Calcuta en verdugo: Yo soy su víctima.

Abro los ojos pero continúan cerrados. Me envuelve una masa opaca, ligera,

y el terror, como imagen frenética, se refugia en mis ojos.

Mi rostro se paraliza y el corazón se acelera. Algo, un hormigueo, recorre las extremidades en que estoy presa, haciendo detonar una presión punzante en los pulmones.

No sé dónde estoy, ni dónde están. El pavor me invade y eleva como títere del pánico. Grito. Arremeto contra la negrura; aniquilo el silencio.

Silencio.

Súbitamente, una delgada claridad quiebra la nada, y huyo hacia ella.

Abro una puerta: estaba en casa.

Querido desconocido

París. Jueves, 3 de octubre

Querido desconocido;

Me dirijo a usted desde este pedazo de servilleta de cafetería de martes de noviembre, para decirle algo más que “Gracias por su visita”.

No importa si prefiere café o té, si se inclina por el azúcar bronceado, por el níveo, o si es de los que remueven la artificial dulzura de la sacarina con la amargura de su conciencia. Lo que le tengo que decir no luce aromas tostados, ni es asunto de vida o muerte.

Desde hace algún tiempo, el café ya no se sirve en taza y el mundo comienza a vivir preso del minutero. Nuestra realidad viene narrada en monodosis, como las del azúcar, y Madame Libert ya no se sienta a hablar con los clientes.

Mírela lustrando la barra tras el mostrador, muda, como si no existiera nadie más que ella y los posos de café. ¿Nunca se ha preguntado en qué puede estar pensando?

Le encomiendo que averigüe en qué piensa Madame Libert. Cuando lo sepa, ha de darle un segundo uso al servilletero de su izquierda.

Hasta entonces, le estaré esperando.

 

Atte.: Esta mesa de cafetería